¿Preparándose para el apocalipsis?

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Hay un relato tentador de preservar del Frente de Todos que nos transporta a la recuperación económica posterior al segundo trimestre del 2003, cuando Néstor Kirchner asumió la presidencia de la nación y Alberto Fernández era su jefe de gabinete. La realidad económica y social del país era realmente difícil, y se pudo salir de manera práctica y segura de un laberinto económico con características siniestras. Nota de opinión del Licenciado Alejandro Marcó del Pont.

 

La mayoría de los indicadores avalan y confirman la traza explicativa expuesta por el candidato a la presidencia. La diferencia a la que haremos referencia es el entorno económico mundial y sus alternativas ante las dificultades. Por esas épocas había quedado atrás la crisis, muy profunda, por cierto, de las llamadas burbuja de las punto com, meteórica multiplicación de valores bursátiles emparentados con empresas vinculadas a Internet.

Lo cierto es que los EE. UU., que habían crecido un 2.3% durante el 2003, doblarían su crecimiento en el 2004; Europa no tenía tanta impulso, pero comenzaba a prosperar, China lo hacía a tasas superiores al 9% y Brasil emprendería un despegue que superaría cómodamente el 4%. El mundo empezaba a recuperarse y con ellos los valores de los commodities.

Hoy el escenario no es el mismo, ni en valores de bienes exportables ni en financiamiento; es más, en aquellos años se respiraba un sentimiento de optimismo, completamente inverso al que se percibe en el futuro cercano. El indicador de la evolución de las materias primas muestra que a partir del 2004 los valores comenzaron a crecer, y durante el 2010 y 2011 tuvieron su apogeo, de ahí en más comenzó el declive que hoy se encuentran en valores del 2007.  

Un ejemplo de esto sería la soja. La mayoría de los años, desde agosto del 2007 hasta febrero del 2019, el precio siempre estuvo por encima de los U$S 380 la tonelada, mientras que en la actualidad ronda U$S 314. A pesar de que la cosecha actual alcanza un récord en Argentina de 140 millones de toneladas de los cinco principales cultivos (soja, maíz, trigo, cebada cervecera y girasol), según las estimaciones del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca, la economía no solo no arranca, sino que los exportadores no liquidan.

La tasa de crecimiento mundial ha disminuido en forma notable, la mayoría de los países están pasando por malos momentos, quien no está en recesión esta por entrar en ella. La guerra comercial entre EE. UU. y China, que ha derivado en una disputa de monedas, le está poniendo un freno a la ya de por si austera economía mundial. China creció al 6.6% en el 2018, y es posible que llegue al 6% en 2019; los americanos, que rondaron el 2.9%, se acercan más al 2.5% que a alcanzar al 3%. Europa tiene un crecimiento que da pena, y el Brexit lo complica aún más. Un entorno nada será sencillo para la administración Fernández-Fernández.

Ya expusimos en el artículo anterior que la mayoría de las economías mundiales se encuentran en recesión, o cerca (“La recesión mundial ha comenzado”), al mundo le faltan estímulos salariales e inversión, y ante la evidencia de la desaceleración económica y el temor de la recesión, todos corren a refugiarse en la deuda pública nacionales que está garantiza en los países del primer mundo.

Lo cierto es que parecen a todas luces ciertas las probabilidades de una nueva recesión mundial. Al menos así lo exponen algunos indicadores infalibles, como la inversión de la curva de los bonos del Tesoro, o el gráfico del índice de la actividad manufacturera de Estados Unidos (PMI), que para agosto estuvo por debajo de 50 por primera vez desde el final de la Gran Recesión de 2009, como muestra el cuadro.

De hecho, los índices de EE. UU., la zona euro y Japón están por debajo de 50, lo que indica que estamos ya en una recesión manufacturera real. La caída en las tasas de interés y la desvalorización del dólar deberían quitar presión a los países en vías de desarrollo endeudados, pero no es así. Este, entre otros, sería uno de los problemas a resolver por el nuevo gobierno, más aun si la piromanía macrista continua hasta diciembre.

Indice PMI:

Quizás lo más importante sea comenzar a dar la batalla en la hasta ahora perdida guerra cultural-económica y avanzar en los debates. El nuevo gobierno tendrá que poner en discusión lo que ha dado en llamar “el problema alemán”, o la locura de la austeridad, la de imponer normas absurdas, tales como la prohibición constitucional de aumentar el gasto para financiar un déficit estructural superior al 0,35% del PIB. Alemania tiene ahora un exceso de cuenta corriente del 7,4% del PIB y un superávit fiscal del 1,7%, desde el 2012 déficit cero, y, si embargo, está en recesión. ¿Para quién fue este esfuerzo?

 

Queda claro, entonces, que llegó la hora de una moneda mundial porque el dólar está perjudicando más que colaborando, y algunos incluso piensan en tasas de interés acordadas para evitar la fuga de capitales. Lo cierto es que mientras eso sucede, o se discute, los bancos centrales de los países en desarrollo poco pueden hacer para detener la fuga de capitales y para mantener los valores de sus monedas y de las tasas de interés.

La discusión se comenzó a centrar en la falta de políticas monetaria y el advenimiento de los estímulos fiscales keynesianos. Frente al problema del tipo de cambio y la insuficiencia de dólares, así como las exiguas posibilidades de financiamiento argentinas, queda claro que la opción de acuerdos bi/multilateras con monedas de los países a los que se arribe a acuerdos serán centrales.

Pero en el caso de los países en desarrollo en general, el dólar es necesario para el pago de deuda y la compra de bienes intermedios, y en el caso argentino, en particular, los BRIC jugaban un papel muy relevante en una alternativa de financiamiento, sin Bolsonaro en el perímetro. ¿China será una opción?

Otras opciones son las llamadas políticas keynesianas de estímulo, y lo que se entiende por ellas. Durante la recesión 2008/2009, cuando el PIB en los países avanzados cayó un 3,4%, el crecimiento chino fue del 9,1%. Estas políticas demostraron dos cosas: 1) que fue la austeridad la que causó la Gran Recesión así como la débil recuperación económica posterior en las principales economías capitalistas y 2) fueron las políticas keynesianas (es decir, más gasto público y déficit presupuestarios) lo que permitió a China evitar la depresión.

Pero las políticas keynesianas de las que hablamos, ¿son realmente las que queremos? Estrictamente hablando, las políticas keynesianas de macrogestión son un aumento del gasto público de cualquier tipo (cavando agujeros y llenándolos de nuevo) para estimular al sector capitalista a comenzar a invertir y a los hogares a gastar, no ahorrar, a través del efecto del ‘multiplicador’.

De lo que Keynes habló fue la de la socialización de la inversión (inversión estatal, estado emprendedor en la actualidad) como último recurso. Pero ningún gobierno de corte keynesiana ha adoptado esa política (si eso significaba hacerse cargo de la inversión capitalista con la inversión estatal).

“La política de China en la Gran Recesión no fue solo un “estímulo fiscal” en el sentido keynesiano, sino una inversión directa del gobierno o del Estado en la economía. En realidad era “inversión socializada” (Políticas “keynesianas” de China)

El problema principal no era la ideología o la “falta de imaginación”, es que las políticas de estímulo keynesianas no funcionan en una economía predominantemente capitalista donde la rentabilidad de la inversión capitalista es muy baja y, por lo tanto, la inversión está cayendo. Dado que la inversión del gobierno en las economías capitalistas avanzadas es de solo alrededor del 3% del PIB, en comparación con la inversión del sector capitalista de más del 15%, se necesitaría un cambio masivo al sector público para tener efecto. “Estimular” la inversión capitalista con bajas tasas de interés y gastos sociales no sería suficiente, no al menos en Argentina, donde las dos opciones están desbordadas.

La Gran Recesión en la economía de los Estados Unidos fue liderada e impulsada por una caída en la inversión capitalista, no en el consumo personal o causada por la ‘austeridad’. En Europa, el 100% de la disminución del PIB se debió a una caída en la inversión fija. Si los beneficios caen, la inversión cae, y esta lógica tiende a enfocarnos en la austeridad como solución, o sea, derrumbar los costos, si estos caen, los benéficos aumentan, y esto no fue así.

La fijación del precio tiene que ver con los márgenes de ganancia, y la idea es que la inversión los multiplique, no que la retracción los afiance. Las salidas de estímulos fiscales, de menor cobro de impuestos a los ricos, tampoco da resultado, y la nueva política fiscal tendrá que estar ligada a esta nueva idea de moneda, tasa de interés e inversión estatal.

Fuente: eltabanoeconimista