Ahora que sí nos ven

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El 13 de junio nos encontró a todas preparadas, y más sororas que nunca. Por fin había llegado el día que tanto soñamos. Por Agustina Andrade y Rocio Magali, especial para Post Politico

 

El 13 de junio nos encontró a todas preparadas, y más sororas que nunca. Por fin había llegado el día que tanto soñamos. Desde el primer momento entendimos que, si conseguíamos la media sanción, era gracias al colectivo de mujeres e identidades disidentes, la historia la escribimos juntes. Nos preparamos para la ocasión: no sólo por las horas de vigilia que se avecinaban, sino por la emoción de hacer ley el proyecto que nos daría un país un poco más justo. Sería el día en el que, por fin, estaríamos un paso más cerca del aborto legal, seguro y gratuito. Nos llenamos de brillos y colores. El maquillaje pasaba de mano en mano, sin importar quién estaba al lado, éramos pura sonrisa y carcajada y aquella compañera que no conocía ni su nombre, era mi hermana. Mi hermana de lucha. Los pañuelos verdes estaban en los cuellos de todas nosotras y de nuestros compañeros, incluso en nuestros bombos y redoblantes, el reclamo se hacía presente en cada lugar que se podía.

Salimos cantando, haciendo quilombo, haciéndonos escuchar. Desde el primer momento, las protagonistas fuimos nosotras, desde los bombos a las directivas, todo estaba bajo nuestro mando, esa era nuestra lucha. Los chicos nos acompañaban con alegría, ninguno de ellos dudaba de su rol. Estábamos más empoderadas que nunca, y nada nos iba a parar. El trayecto desde la Facultad de Periodismo y Comunicación Social hasta capital pasó más rápido de lo que creímos, nos preparábamos para lo que nos estaba esperando allá. Repasábamos una y otra vez las canciones para que ninguna se quedara afuera de los cánticos de ese día histórico.

 

"Ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven..."

 

Llegamos a Congreso cerca de las seis de la tarde, combatiendo el frío con los equipos de mate bajo nuestros brazos y saltando cada tanto entre las rondas de canciones que armábamos en el camino. La calle Callao estaba repleta por donde la mires, el color verde estaba presente. Nuevamente, no conocíamos a todas las que estaban con nosotras, pero no importaba: el reclamo era común y las voces se unían en una sola. Sabíamos que la forma de entrar en calor era cantando y abrazándonos, así que eso hicimos durante horas, hasta que el cansancio nos encontró sentadas con nuestros compañeros compartiendo las frazadas.

En la otra calle, un grupo había iniciado una fogata de la que no dudaron en invitarnos, algunas organizaciones repartían guisos y una pareja ofrecía café. No existían las rivalidades ni los intereses, esa noche, y de ese lado de la plaza, todos compartíamos el mismo sueño, y lo estábamos por cumplir.

Entre todxs tratábamos de saber qué era lo que estaba pasando en Diputados, gente que estaba en su casa nos iba contando cómo avanzaba la sesión, actualizábamos la página cada diez minutos y no perdíamos la esperanza de que un poco de señal nos permitiera verlo en vivo desde los celulares. Nos indignamos ante ciertos comentarios, festejamos los dichos de quienes hablaban por nosotras: las locas de pañuelo verde que hacían la vigilia en una de las noches más frías del año.

Las horas pasaban lento, la ansiedad se multiplicaba tras el discurso de cada diputado y diputada. Era un frío de esos que te lastiman la piel, pero en ningún momento perdimos la alegría y la comprensión histórica de lo que estaba sucediendo, de lo que habíamos conseguido.

El momento de la votación final nos encontró a todos y todas de la mano. Ya no era el frío el que nos hacía temblar todo el cuerpo. 129 votos positivos, 125 negativos. Lo dijo, era real, estaba pasando y lo estábamos viviendo: la media sanción del proyecto de ley por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito se había aprobado en el Congreso. Por unos segundos nos miramos a los ojos, que rápidamente se empaparon de lágrimas. No lo podíamos creer. Dimos un grito de gol y nos abrazamos tan fuerte como los abrigos nos dejaban. Y ahí, entre los brazos de nuestras compañeras, largamos un suspiro que daba cuenta que el esfuerzo valía todo.

Una diputada en contra de nuestro derecho continuaba hablando, pero ya no importaban sus argumentos: habían ganado los nuestros. Había ganado la vida de las pibas, había ganado el derecho a decidir y proyectar sobre nuestro cuerpo, había ganado la salud pública para todos los cuerpos gestantes. Ganamos nosotres, conscientes de que los derechos se consiguen en la calle. Ahora nos preparamos para la próxima vigilia, cuando le toque a los senadores garantizarnos esta ley.

 

Arriba el feminismo que va a vencer.