Indicadores de guerra, impacto inexistente

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Resulta infrecuente que los indicadores económicos y sociales de un país que muestra niveles cercanos a los de un estado en guerra, o en pleno colapso económico, no generen ningún tipo de reacción por parte de sus habitantes, ya sea sorpresa, rechazo o rebeldía. También es irrefutable que los indicadores no solo deben ser difundidos, sino, además, explicados para que el pueblo tenga orientación acerca de las posibles consecuencias que puede ocasionar una colección de números negativos. Nota de opinión de Alejandro Marco del Pont

 

Creo que hay una serie de argumentos que justificarían la falta de impacto emocional ante la acelerada degradación de los principales sectores productivos de la economía de un país (me estoy refiriendo a la economía real, no financiera). Y cuando hablo de un país, estoy aludiendo a la Argentina.

Las explicaciones pueden oscilar entre el desconocimiento de los indicadores o la simple ignorancia de las consecuencias que para su vida diaria trae aparejado el conjunto de señales presentadas en ellos. La otra, la falta de referencia, paralelismo o semejanza con la cual emparentar la caída de indicadores con algún resultado real o histórico conocido. Por último, la inexistencia de una serie de indicadores agrupados, que brinden una idea global de la cantidad de peldaños que cayó la economía.

No estamos refiriéndonos a ningún indicador en especial ni a la pobreza en particular, aunque este dato tendría que generar algún tipo de empatía o, al menos, un terrible desconsuelo. Más aún, en un país que produce alimentos para 440 millones de personas, o 10 veces su población, que su pueblo padezca hambre es, sin duda, singular.

Este indicador nos brinda una mirada de las distorsiones, disimulo y negación por parte de los medios. En general todos recogen los datos del INDEC, que midió la pobreza en un 35.4%. La diferencia radica en la cantidad de personas: para algunos son 14.4 millones, y para otros son 15.9 millones. El número de pobres real es este último porque la diferencia de exposición deja invisibilizados a 1.5 millones correspondientes a la población rural, cantidad no menor. Incluso con esta distorsión numérica, las estimaciones proyectan un futuro aún más atroz, con 40% de pobres para fines del 2019, lo que rondaría los 18 millones de personas.

Que el país tenga un 40% de pobres es un horror, pero lo más llamativo es que muchos de los países con los que puede compartir el indicador se encuentra en guerra o en reconstrucción y ninguno, ni por asomo, produce la cantidad de alimentos de Argentina. Para que tengan una idea. Afganistán está en guerra desde el 2001 y tiene, según Oxfam, 40% de pobreza, Armenia con una población de 3.1 millones de habitantes y en conflicto con Azerbaiyán, tiene 34% de pobres. Solo nuestro vecino Brasil, con 58 millones de pobres, el 26.7% de su población, es productor alimentos es Brasil, como se ve en los cuadros.

Principales productores de algunos alimentos mundiales en 2018

Todos los indicadores que veremos a continuación para la Argentina son de una magnitud infrecuente. Lo extraño, como dijimos, es el abordaje de los medios y, por ende, la mirada de los habitantes respecto a ellos. El cuadro siguiente muestra una publicación del diario La Nación para febrero del 2013, con datos del año 2012, y su título era La Argentina tuvo en 2012 los peores indicadores de la región.

La presentación de los datos es de rasgos catastróficos, aunque no parecerían tener el más mínimo parangón con el último año y ocho meses del gobierno actual, pero, como se ve, es una cuestión de relato económico.

El primer dato interesante es el PBI que, como se observa en todos los países detallados en el cuadro, durante el año 2012 fue positivo, aunque el argentino es el de menor crecimiento. En la actualidad, ninguna de los países emergentes con los que se suele comparar Argentina, (exceptuando Venezuela, con quien nuestro país comparte indicadores totalmente fuera de lugar) tiene los niveles adversos de nuestros indicadores. El PBI de Turquía para el 2018 fue +2.8%, el de Grecia de + 1.9% y el de Brasil de +1.10%. Como se expone en el cuadro de 194 países relevados, solo 11 tuvieron crecimiento negativo durante 2018.

De ellos, tres están en guerra, Sudán, Yemen y Namibia en una no declarada. Cuatro de ellos, Iraq, Corea del Norte, Venezuela y Angola, son países aislados, o saliendo de años de conflicto (27 años de guerra civil en Angola, invasión en el caso de Iraq, etc.). La Republica de Nauru, el tercer país más chico de la Tierra, con 13.625 habitantes, no deja mucho margen al crecimiento que no sea mediante el turismo o a través del horroroso centro de internamiento para inmigrantes, gestor de los mayores problemas mentales del país. Los tres restantes son una isla, Bermudas, un país centroafricano plagado de conflictos a su alrededor, Guinea Ecuatorial, y Argentina, sin explicación aparente a su caída.

Nuevamente, la inflación expuesta como anormal en el artículo de La Nación para el año 2012, del 25,6%, se perdió en la nebulosa del tiempo. Hoy Argentina tiene una inflación de 54.5%, que no solo es la más alta de Latinoamérica sino, como bien marca el gráfico, la suma de todos los índices de inflación de 19 países del continente americano es inferior a la argentina.

El dato de la industria es sumamente importante ya que el mismo artículo trata dos indicadores dependientes: la variación de la producción industrial y el ritmo de consumo que mantiene los niveles de producción. Demás está decir que los niveles de retroceso del -1.2% para el 2012 serían una buena noticia en la actualidad. Los niveles de retracción industrial, cierre y despido de trabajadores tienen dimensiones y características similares a los hechos ocurridos a mediados de 1975, conocidos como Rodrigazo.

De octubre del 2017 a octubre del 2018 cerraron, según la AFIP, 6.958 empresas. Pero en el primer cuatrimestre del 2019 la cantidad de cierres se precipitó, alcanzando 5.210 empresas productoras de bienes, a un ritmo de 43 empresas por día. La suma del periodo bajo análisis alcanza 12.168 firmas y, solo para el 2019 dejó en la calle a más de 550.000 personas. Esto queda claro en los indicadores.

Durante el Rodrigazo la industria se retrajo en un -12.1%. En los primeros 8 meses de 2019 lo hizo en -8.1%. Una de las preocupaciones del artículo del diario La Nación es la caída de la industria automotriz, y en particular el retroceso de las ventas internas.

Hay mucho de cierto en las especulaciones del diario de Mitre: en Argentina hay 12 fábricas de vehículos con 500 Pymes autopartistas como proveedoras y unas 1.000 concesionarias según Adefa (Asociación de Fábricas de Automotores), por lo que los números de 2012 serían hoy una fiesta.

Durante 2018 se produjeron -1.4% menos unidades que en el 2017, es decir, -6.759 y se vendieron un -22.9% como muestra el cuadro de indicadores, es decir, 201.986 unidades. Para los primeros ocho meses del año en curso, la producción, si comparamos los ocho meses del 2019 con 2018, tuvo una disminución del 34,9% (129.377 unidades), y las ventas registraron una baja de -48.3% (271.877). Digno de una economía de guerra del consumo.

Cualquiera de los sectores productivos muestran datos aterradores: desde la caída en la producción hasta el despido de mano de obra. Gran parte de la industria depende, como en la industria automotriz, de las autopartes, las textiles, metales, caucho y plástico. La capacidad instalada para algunos de estos sectores hacen juego con la estrechez de los sectores: textil con 32,3% de utilización, el metalmecánico con 42,8%, caucho/plástico con 47,2%.

Los incrementos de precios durante el Rodrigazo, que devinieron en pérdidas salariales, son una parte importante de la historia y de gran equivalencia con la actualidad, sobre todo para dimensionar los impactos. La tasa de interés, que será la única variable que tomaremos, ya que la devaluación durante junio del 1975 fue del 160% de una sola vez, mientras que el macrismo devaluó el tipo de cambio en un 519%, pero en tres años y unos meses. La tasa de interés reaccionó en 1975 sobre el final del año, ya que pasó de un 28.6% en agosto al 65/75% en diciembre, números muy parecidos a los actuales.

Las tarifas actuaron de manera similar entre estos dos desordenes económicos, es decir, 1975 y 2018/2019; aquí es donde el artículo de La Nación queda fuera de eje. En los años setenta los incrementos de los servicios todavía tenían poder estatal, sobre todo, la luz, el gas y el transporte público. La electricidad subió en tres tramos un 44.8% (septiembre, noviembre y diciembrede de 1975), durante el 2018, la luz aumentó un 47%, el gas (49%) y transporte (60,4%), mientras que el combustible (59% nafta y 52,6% GNC) fue el bien que más suba registró. Durante el Rodrigazo el transporte aumentó el 116%, en el 2018 (158%) y los trenes (116%).

Como era de esperarse los servicios públicos cayeron de manera preocupante durante el 2018 y acelerada durante el 2019, y como era de esperar los indicadores que tenía que ver con ventas minoristas tendrían una mala performance.

Ahora bien, como vimos con el sector automotriz, en la Argentina de Macri un mal año es un año de guerra. Un mal año para un país normal marca que sus indicadores oscilen entre bandas negativas con algún sentido.

Por ejemplo, en un país que no está bien, Brasil, su tasa de cremento este año con suerte pasará la neutralidad. Sus indicadores de comercio minorista (las ventas en supermercados) tuvieron una variación a agosto del 0.8%, el calzado 0.7%, los electrodomésticos -1.7%, los textiles 0.7%. México, por su parte, mostró su alarma ante la caída de las ventas minoristas en julio del 0.5%, uno de los peores indicadores desde Ddciembre del 2018.

Para que tengan una idea de las magnitudes de la caída argentina de las ventas minoristas, nos remitimos al CEIC, un lugar de indicadores y datos de la economía global, para poder determinar algún tipo de comparación de esta retracción. Los países con indicadores de las dimensiones del nuestro, pocos. Moldavia, por ejemplo, un pequeño país que se separó la Unión Soviética y desmanteló su industria, y donde el 17% de su población emigró a otros países por las condiciones de vida, vio caer sus ventas minoristas un 10.1%; Mongolia el 26% y Venezuela el 53%. Los demás, no quieren ser Venezuela ni Argentina.