La fuerte lluvia que no lava las pieles

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Reflexión de Matías Gago, víctima de la inundación ocurrida en La Plata el 2 de abril de 2013.

El cielo viene amenazando desde hace unos días pero el servicio meteorológico no pronostica alerta. A las tres y media de la tarde caen las primeras gotas pero al rato el agua empieza a caer con fuerza, como si estuviera enojada. Furiosa baja. Es cierto, llueve mucho en poco tiempo pero esa explicación no alcanza. Muchas voces llovió mucho en poco tiempo y la ciudad no quedó devastada. A las cinco observás con preocupación como rajan los tres tipos que mandaron a destapar los bocacalles.

El 2 de abril de 2013 en La Plata hubo una guerra y los funcionarios y políticos de turno no se enteraron. El intendente desde Brasil dijo que se encontraba en la ciudad y que tenía todo bajo control. Al día siguiente la presidente vino a chequear que su madre estuviese bien y luego otros funcionarios indicaron que no había niños muertos. Ningún político se quedó sin trabajo aunque todavía se desconozcan el número de víctimas fatales y tampoco se sepa de dónde salió tanta agua. 

La catástrofe nos enseñó un nuevo olor, el olor a Inundación. Cualquiera que haya entrado en esos días a alguna de las casas inundadas lo reconoce fácilmente. Es un olor que mezcla la humedad con el petróleo, la mierda y quien sabe con que más. Todo eso junto.

En plena noche no hay ayuda externa ni equipos de emergencia. No hay nadie. A los lejos se escuchan gritos de horror y algún pedido de ayuda aislado. Casi nadie sabe que hacer. No estamos listos para algo así.

Caminás por la casa y los objetos que flotan te chocan, los pisos de las habitaciones tiemblan y creés que en cualquier momento todo se viene abajo. Todo eso que se sostiene milagrosamente, un algo que sostiene a un todo, quien sabe hasta cuando. El agua sube. Viene por todos lados. La rejilla del baño está tapada y metés la mano para destapar quién sabe qué y miles de cucarachas te caminan por el cuerpo. El agua es negra. Trae mierda y petróleo. Hace horas que no llueve pero el agua sigue entrando, calculás que si entra un poco más perdés todo. Suponés que ya hay miles que perdieron todo y te resulta imposible calcular la magnitud de la tragedia. Te sentís adentro de una película norteamericana, de esas de catástrofe, donde hay un héroe que salva a todos. En este caso el héroe es ella y está a tu lado. Ella te mantiene a flote.

Te alivia saber que hay una terraza. Abrís la ventana y durante horas sacás agua como si sirviera de algo. Ves pasar espectros. Gente desorbitada que viene quien sabe de dónde y que va a ningún lugar. Eso sucede todos los días y al fin lo ves con claridad. Sin embargo, eres uno de ellos, no puedes salirte.

Corrés por el pasillo para ayudar a los de atrás. El perro está a salvo en un sillón.  Agradecés que no haga frío porque se triplicarían la cantidad de muertos. Pasan las horas y el agua no baja. La calle sigue siendo un río. Gracias a Dios, o a quien fuera, hace varias horas que no llueve.

El día siguiente es devastador. Por suerte hay sol pero el olor a Inundación está en todos lados, sale de las ventanas y de las puertas. Está impregnado en todas las cosas. En las veredas hay de todo. La gente tira cosas que otros de inmediato recogen. Fotos y libros secándose al sol. Sentís que el agua te sigue tocando las rodillas. Decenas de perros perdidos por toda la ciudad que quieren volver a casa. La línea negra en la pared indica el nivel de tu desgracia.

El estado ofrece dinero que después no da mientras reparte algunos colchones y latas de pintura. Hay relatos solidarios que emocionan y otros que golpean más que la inundación.

Dos años después las obras hidráulicas están en un 15% de su concreción y ningún político da garantías de que la ciudad no vuelva a inundarse.

Mirás por la ventana y ves venir el nubarrón, las ramas de los árboles se mueven con rapidez y querés empezar a levantar las cosas por si entra el agua. Cuando eras chico te gustaba dormir con lluvia y deseas que, alguna vez, te vuelva a suceder lo mismo.