El 10 de la política


Por Jerónimo Salinas

Diego era tan grande que el deporte le quedó muy chico. Su infancia en Fiorito, inmerso en la pobreza, fue el guión de aquellos discursos con el que él se pronunciaba. Su origen lo puso del lado de los más necesitados y, a pesar que su carrera en el fútbol lo acercó a lujos inimaginables, nunca se olvidó del barrio. Es por eso que siempre se ubicaba en la vereda de las causas justas, siempre en la vereda opuesta a los poderosos.

Aquel niño que soñaba con jugar un mundial y salir campeón con su categoría, lejos estaba de imaginar que de grande, además de consagrarse en el mundo de la pelota, iba a estar enfrentándose con las mayores figuras de poder. Diego se convirtió en la mayor expresión de Pueblo por su solidaridad y compromiso con los más débiles y con los que menos tenían.

Tal vez, sin buscarlo demasiado, Maradona y la política iban de la mano. Astuto como cuando jugaba a la pelota, el Diez fuera de la cancha se plantaba sin siquiera importarle quién estaba enfrente. Así fue cuando le demostró toda su disconformidad a la dirigencia de Argentinos Juniors, que por aquellos años era comandada por militares, por no aceptar transferirlo al fútbol europeo. La razón de la negativa por parte de los nefastos pertenecientes a la dictadura de Videla era clara. Este crack de tan solo 17 años era la razón por la cual “podían mantener distraído” al pueblo.

La vida de Maradona no pasaba solamente alrededor de una pelota. Por más que su versión más feliz estaba ligada directamente con el fútbol, es inevitable pensar en la versión política del 10, aunque aseguraba que no le gustaba. Pelusa fue capaz de llevar discusiones políticas mundiales al verde césped como en aquel partido frente a los ingleses en el Mundial 86,  con el recuerdo latente de la Guerra de Malvinas. Aquel mediodía soleado en el Estadio Azteca, fue el territorio de batalla donde se juró “defender nuestra bandera y a aquellos pibes que habían matado como pajaritos”. Lo demás, historia ya conocida.

Hablar de Maradona era hablar de cuestiones de Estado. Que el destino en 1984 sea Nápoles, no fue ninguna casualidad. Territorio perteneciente a Italia, pero lejos de ser considerados italianos por los poderosos del Norte. Su etapa en el Napoli fue una de las páginas más gloriosas de su carrera, pero no sólo por los cinco títulos que cosechó, sino por darle voz a aquella población marginada por la opulencia italiana. El 10 fue considerado por los napolitanos uno más de ellos, al punto de que estos llegaron a preferir la albiceleste en el duelo de semifinales del Mundial 90 frente a la Azurra.

Su ideología de izquierda lo llevó a estar cerca de distintos referentes latinoamericanos como Evo Morales, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Néstor Kirchner y su esposa Cristina Fernández, pero nada igual como su relación con su “segundo padre”, Fidel Castro.

La amistad entre el revolucionario cubano y el genio del fútbol mundial se afianzó cuando el país centroamericano le abrió las puertas a su rehabilitación contra las drogas. Llamados diarios para hablar de fútbol y política hicieron más amena la recuperación del 10 a lo largo de los cinco años de su estadía en la isla. “Me enseñaste que la lealtad no tiene precio”,  aseguró Maradona sobre su amigo Fidel, en su despedida aquel 25 de noviembre de 2016. Capricho del destino, lealtad o simplemente casualidad, cuatro años más tarde llegó la partida terrenal de Diego. El 10 nunca ocultó el amor por el país que lo adoptó como un hijo en su peor momento, dejando en claro también que siempre se encontraría de la vereda opuesta al Imperio Norteamericano.

Otra de las muestras de Maradona contra Estados Unidos fue el fuerte apoyo a su amigo venezolano, Hugo Chávez, cuando se opuso al tratado de Libre Comerció (ALCA) que proponía el gobierno de George Bush, en la IV Cumbre de las Américas. El estadio mundialista de Mar del Plata fue testigo de la jornada de militancia política más fuerte que atravesó Diego cuando tomó el micrófono y exclamó: “Los argentinos tenemos dignidad. Echemos a Bush”, en el marco de la llegada a la cumbre del mandatario que había tomado la decisión política de invadir a Irak y Afganistán.

Otra de las facetas políticas que mostró Maradona en sus días fue la lucha por la verdad de los desaparecidos en la Dictadura Militar. “Ellas son la reivindicación de todos los argentinos que queremos saber la verdad”, afirmaba Maradona al referirse a las Abuelas de Plaza de Mayo. Como otras tantas luchas, la de la Memoria, Verdad y Justicia no podía serle ajena. En reiteradas oportunidades se pronunció a favor de la necesidad imperiosa que tenemos como país de saber qué pasó durante la dictadura y que todos los asesinos sean condenados. Se abrazó a los pañuelos blancos de Abuelas y Madres y los defendió con la misma rebeldía y amor que la celeste y blanca. Esos mismos que el Presidente Alberto Fernández apoyó encima del féretro en el multitudinario velatorio que se realizó en la Casa Rosada.

En argentina, se lo pudo ver a Maradona cerca de varios presidentes, como Menem o De la Rúa, por ejemplo, aunque fue muy crítico de ellos cuando la mirada no estaba puesta en los que más lo necesitaban. Diego encontró en Néstor Kirchner algo más que un presidente. Encontró “un gladiador que se la jugó por sus ideales y nos sacó del pozo”, como supo recordar el día del fallecimiento. Con el santacruceño formó una amistad que luego se trasladó a su esposa Cristina Fernández, a quién apoyó a lo largo de sus dos mandatos, y hasta se ofreció en alguna oportunidad a ser su compañero de fórmula como vicepresidente. Alberto Fernández heredó el apoyo del 10 gracias al cariño que Pelusa tenía con la familia Kirchner.

¿Y con Macri? Solo los unió el amor por Boca. La relación nunca fue buena y, al igual que todos aquellos que se encontraban del otro bando, Maradona se los hacía saber. Los separaba casi todo. Desde los conflictos salariales en el club de La Rivera, hasta las decisiones políticas que tomó Mauricio como presidente de la Nación en detrimento de los más necesitados, de los que él defendía. Vos sabes que TUS DECISIONES les cagaron la vida a dos generaciones de argentinos. Hacete cargo, querido. Ya lo dijo tu padre…”, expresó el 10 en sus redes sociales, previo a las últimas elecciones presidenciales.

Diego tampoco tuvo reparo en plantárseles a los mandamases de la organización mundial más grande: La FIFA. Primero fue Joao Helange. Desde el mundial 86 y la disconformidad de jugar los partidos bajo los calurosos mediodías mexicanos, pasando por la cuestionada final de Italia 90 y el boicot al seleccionado argentino que se encaminaba en USA 94. Por más que el brasilero lo quería de su lado, Diego siempre decidió estar del otro lado. Luego, fue el turno de Joseph Blatter, aquel que tomó la decisión de “cortarle las piernas” en el Mundial de 1994. Diego denunció hasta el hartazgo las maniobras fraudulentas del suizo y compañía, hasta que el tiempo le dio la razón.

Maradona fue una figura controversial, siempre fue la piedra en el zapato de los poderosos. Tal vez eso molestaba más que el dolor de los ingleses por haber sido robados con aquella Mano de D10S. Fiel a sus ideales siempre se puso del lado de los que más necesitaban. Es por eso que su partida no nos deja sólo un legado deportivo, sino también cultural, social y político, porque, así como supo inmortalizar distintas obras de arte con la pelota en sus pies, Diego Armando Maradona vivirá para siempre en todos aquellos que se comprometan a defender las causas justas y a los que menos tienen.