El club soy yo: cuando el individualismo digital desafía a lo colectivo
Por Observatorio de instituciones, clubes sociales, culturales, deportivos y bibliotecas populares – Facultad de Periodismo y Comunicación Social UNLP
En los últimos días, el influencer Santiago Maratea lanzó una campaña inédita: propuso que la gente se haga socia de él mismo, con la promesa de usar esos aportes para potenciar su carrera como futbolista y ayudar al club en el que juega, Colegiales. A cambio, ofrece contenido exclusivo, beneficios y pertenencia simbólica a una comunidad digital. Aunque la iniciativa se presenta como innovadora, deja en evidencia un fenómeno más profundo y preocupante: los clubes de barrio, históricamente sostenidos por el esfuerzo comunitario, están siendo desplazados por figuras individuales con mayor capacidad de impacto en las redes.
Mientras Maratea consigue socios sin haber practicado la disciplina de manera profesional, miles de clubes en todo el país pelean cada día por sobrevivir. Lo hacen en un contexto de enorme dificultad económica, donde las políticas públicas de apoyo han sido recortadas o directamente eliminadas por el Gobierno de Javier Milei (desaparición del Ministerio de Turismo y Deporte y desfinanciamiento en programas como “Hay Equipo”, por citar algunos). A eso se suma la crisis del bolsillo de las familias, que muchas veces no pueden afrontar el pago de una cuota social. Y ahora, como si fuera poco, aparecen modelos personalizados de financiamiento que compiten directamente con el sentido colectivo del club: el influencer reemplaza a la institución como núcleo de pertenencia.
No se trata de cuestionar la creatividad de quienes se animan a pensar formas alternativas de financiar el deporte. Se trata, más bien, de advertir que mientras algunos tienen millones de seguidores y acceso privilegiado a la atención mediática, los clubes no pueden pagar la luz, no llegan a cubrir un sueldo de un profe, no consiguen pelotas ni material deportivo. Lo que está en juego no es una simple campaña: es una transformación cultural donde lo individual, lo visible y lo marketinero se impone sobre lo colectivo, lo anónimo y lo solidario.
En un país donde los clubes de barrio cumplen funciones fundamentales —forman, contienen, alimentan, educan, socializan—, esta disputa por la atención, los recursos y los sentidos no puede ser naturalizada. Desde este Observatorio, reafirmamos la necesidad de defender y fortalecer a estas instituciones que son patrimonio vivo de nuestras comunidades. Porque no hay influencer, por más carismático que sea, que pueda reemplazar lo que significa para un barrio tener su club.