#FreeBritney y la costumbre de consumir personas


Por Rocío Magalí Rodríguez | Ilustración Agustina Fimiani

A Britney no hay que presentarla. Todxs sabemos quién es la princesa del pop. En 1999 sacó su primer disco y, desde entonces, es la artista indiscutida del siglo XXI. Pero, así como sabemos quién es, conocemos sus videoclips y cantamos todas sus canciones, la industria de la música se encargó de que conociéramos cada detalle de su vida. Era la primera superestrella adolescente, a la que después le seguiría toda la industria de Disney.

Las revistas juveniles contaban cada detalle de su vida, a pesar de que solo tenía 17 años cuando se subió al escenario. Miles de niñas, adolescentes y adultas querían parecerse a ella, ser ella. Era una estrella que tenía gente acercándose sin importar dónde esté, si en la calle, cenando o simplemente saliendo de su casa. Era perseguida por la prensa, que quería exprimir cada centavo que pudiera de ella.

La princesa del pop sufrió una violencia mediática sin precedentes. Ni su entorno familiar la protegía de las cámaras. Su padre, quien hace trece años es su tutor legal, avisaba a los paparazis cuándo y dónde se iba de vacaciones. Esta fascinación de los medios con las mujeres, sobre todo las mujeres jóvenes y talentosas, no es nueva. El problema es que nadie cuidaba de ella para poder hacerle frente a un mundo que, como bien sabemos, es hostil hacia nosotras.

Si digo “Britney del 2007” o “Britney pelada”, muchxs van a saber a qué me refiero. Las revistas y programas de chimentos lo declararon como el “mental breakdown de Britney”: entró a una peluquería, agarró una afeitadora y se rapó la cabeza. ¿No es raro que tengamos fotos de ese momento? Britney estaba escapando de la prensa, que la acosaba casi que 24/7. Ese año, estaba atravesando un divorcio, una pelea por la custodia de sus hijos y seguía siendo el foco de atención del mundo del espectáculo. Las fotos que la muestran rapándose se volvieron virales y están hoy en día en internet, como memes o stickers, como una burla constante hacia ella.

De ahí en más, su padre James Spears y su abogado, Andrew Wallet, tienen la tutela completa. Hace trece años que Britney no puede decidir su ropa, su maquillaje ni su corte de pelo. Es obligada a ir a terapia y también a trabajar. Es esclava de su propio éxito y de una sociedad que no se da cuenta de algo terrenal: las personas que endiosamos son personas. Lxs ídolxs adolescentes son personas que, al momento de llegar a la fama, ni siquiera terminaron el secundario. La posibilidad de vivir una vida normal se les arranca de las manos, prometiendo una vida de gloria cumpliendo el “sueño americano”.

El 23 de junio de este año pudimos escuchar por primera vez la apelación de Britney a la justicia para revocar su tutela. La exige hace años, pero esta es la primera vez que solicita que se grabe y se transmita. Para este entonces, el fandom de la estrella ya había difundido la causa. #FreeBritney surge en las redes, durante 2009, cuando sus fans empiezan a sospechar que pasa algo por lo que en sus conciertos ya casi no canta, ni publica canciones, ni es la artista que era a principios de siglo. Hoy, FreeBritney es un movimiento que apela a la liberación de la artista, y derivó en la tendencia #WeAreSorryBritney, unas disculpas globales que han hecho fanáticos, periodistas y artistas por no haberse dado cuenta de lo que pasaba.

Las disculpas en realidad deberían ser de un sistema patriarcal y capitalista que se encarga de que las mujeres seamos exitosas, pero sin disfrutar de ello. Lo que le hicieron los medios y la justicia a Britney Spears es transformar su talento en una cárcel de la que no puede escapar. Los niveles de control a los que está sometida son deshumanizantes. Humillantes.

La princesa del pop tiene casi cuarenta años. La mitad de su vida la pasó arriba de un escenario, incluso a costa de su propia voluntad. Los últimos trece años tuvo hitos en su vida laboral, pero en cuanto a lo personal no la dejan casarse ni tener hijos. A Britney la convirtieron en una máquina, o eso intentaron hacer. Pero los juegos de poder están cambiando, así como los consumos culturales. Esperamos que este caso sea un precedente en la historia para consumir los productos que hacen las personas, como sus discos, y no consumir la vida de las personas.