Lesahumanidad en Malvinas, Tecnologías de impunidad


Por Jerónimo Guerrero Iraola
 

Todos los principios de junio son fechas especiales, y escribo un nuevo “Tips de la Revolución”, desde mi lugar como Abogado del Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas La Plata (CECIM). Para que nunca abandonemos la causa Malvinas.

La lucha por el derecho es la batalla por el lenguaje. No sólo qué decimos, que palabras o términos utilizamos, sino el universo de representaciones o las evocaciones individuales y colectivas que van generando una reacción en cadena. Eliseo Verón nos invitó a reflexionar sobre la semiosis social, aquel proceso de encadenamiento de significaciones que van conformando el marco semántico de una sociedad en un momento determinado.

El diccionario es un cementerio de metáforas. Sí. El tema/problema es cómo hacemos que las palabras cobren vida. Cómo reconstruimos las pujas por el sentido, que se dieron, precisamente, un congreso de filología. Por el contrario, hay dolor, sufrimiento, vecendores/as (casi siempre ES…) y vencidos/as. Malvinas, como vocablo es eso. Una invitación permanente a la reescritura de nuestras historias. En clave soberna y profundamente diversa.

El pensamiento hegemónico logró anudar Malvinas a la guerra. Como si flotara libre, despojada de una matriz en que el hecho bélico se inscribió. Nuestro amo jugó al esclavo y, de repente, la dictadura intentó resignificar, en 1982, su plan sistemático de entrega soberanía, a partir de un episodio disfrazado de batalla anticolonial. No. Quédense esa petaca con saliva y nada más, mordiéndose la lengua que por poco nos engañan.

La dictadura fue Malvinas. Malvinas fue la dictadura. El hecho bélico, claro. Hacia 1982 los dos planes sistemáticos denunciados por Rodolfo Walsh en su Carta de un escritor a la Junta Militar (1977) estaban implotando. El plan sistemático de exterminio de personas, y las masivas violaciones a los derechos humanos habían sido expuestas por la CIDH en 1979; y para 1982, el plan sistemático de entrega de la soberanía (desde el párrafo 5° de la carta de Walsh) que implicó, entre otras cosas, la devastación del modelo de sustitución de importaciones que Argentina supo forjar desde mediados del Siglo XX, comenzó a hacer agua. La marcha de Pan, Paz y Trabajo da cuenta de ello.

¿Y eso qué tiene que ver con las torturas a los soldados? Todo. Las Fuerzas Armadas estaban formadas por la Escuela de las Américas, y la doctrina imperante era la de seguridad nacional, que solapaba defensa con seguridad. Cortita y al pie: estaban formadas para la represión de lo que regionalmente, desde las usinas de poder, se había caracterizado como el/la enemigo/a interno. ¿Quiénes eran esos/as enemigos/as? Las personas que resistieron con sus cuerpos y su vida los embates del modelo social, económico y político que los artífices civiles de Estado terrorista vinieron a implementar. Sí, las Fuerzas Armadas fueron el brazo ejecutor del golpe civil.

¿Y entonces? Basados en métodos importados (implementados por Francia contra las guerrillas argelinas), las Fuerzas Armadas habían sido entrenadas para la tortura. A ello siguieron las desapariciones forzadas, las violaciones, las ejecuciones sumarias, el robo de niños/as, los vuelos de la muerte. Ese Ejército, esa Armada y esa Fuerza Área fueron a Malvinas. No otras, aunque quieran cubrirse con el manto de la epopeya y la épica militar. Además, el Informe Rattenbach, desclasificado en el año 2012, refuerza esto. Dicha documentación es concluyente: Malvinas fue una aventura militar. No hubo preparación, ni diseño táctico o estratégico. Represión sí, defensa no.

En ese contacto, los soldados conscriptos fueron cruelmente torturados. Estaqueados, picaneados. Obligados a sumergirse en agua helada desnudos, enterrados hasta el cuello, golpeados, insultados. Hambreados. ¿Por qué? Porque para eso estaban formadas. No existe justificativo alguno, ni social, ni organizacional, ni reglamentario. Nada. Eran torturadores. Su misión y función era esa. En las distintas unidades militares, al interior de las tres Fuerzas, a lo largo y ancho del Teatro de Operaciones del Atlántico Sur, se cometieron violaciones a los derechos humanos realizadas por miembros de las Fuerzas Armadas en perjuicio de los colimbas.

Pero ojo, eso no quedó ahí. La cosa venía complicada y las denuncias y comentarios sobre estos hechos comenzaban a cobrar relevancia. ¿Qué hicieron entonces? Montaron toda una ingeniería para que quedaran impunes. Los Centros de Apoyo a la Recuperación Integral (CARI), a los que llegaban los soldados. Acciones de inteligencia, contrainteligencia y mecanismos de acción psicológica. A través del miedo, se disuadió e impuso el silencio. Muchas víctimas con las que he dialogado en diez años como abogado del CECIM, afirman que “les hicieron firmar algo comprometiéndose a no hablar”. Hay que ponerse en sus zapatos. El Estado que los torturó, es que el que los obligó a callar.

Todos los dichos y denuncias se clasificaron. ¿Por qué? Cuestiones de “seguridad nacional”. La gran excusa de los Estados violadores de derechos humanos para no dar a conocer los “trapitos sucios”. A organizaciones de excombatientes como el CECIM, le realizaron seguimiento. Hay legajos que pueden leerse con una descripción exhaustiva de los integrantes del Centro. ¿Y esto? Impunidad. Pero no impunidad porque sí. Impunidad diseñada. Tecnificada. Tecnologías de Impunidad.

Por ello, a 39 años de finalizada la guerra, y 14 de iniciada la causa penal en la que se investigan estos hechos cuesta tanto avanzar. Por eso hay jueces que creen que no tiene costo, aún, fallar contra los estándares, la jurisprudencia y obligación convencional que establece el deber del Estado de investigar. Durante la guerra de Malvinas se cometieron crímenes de Estado. Estas dificultades, estas Tecnologías de Impunidad son su viva muestra. Por ello hay que reescribir la historia. Hay que desmontar el andamiaje de silencio, oscuridad, y el anudamiento de sentidos que nos invita a leer la guerra como una gesta, como una epopeya. Debemos construir el Nunca Más de Malvinas. Es un imperativo. Para avanzar hacia la Justicia Social, Ecológica, Antipatriarcal y Soberana. Para que los torturadores no encuentren medallitas y honores truchos en donde esconderse.