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25 años, un incendio y una página en blanco

Por Lolo Vlem

En las próximas líneas te invito a desarmar conmigo el mito del tiempo. Te cuento cómo 25 años de crónicas urgentes y fuegos lentos terminaron por fundirse en un manifiesto, por qué sentí que mi antiguo manual técnico debía morir para que naciera una voz propia, y cómo nos preparamos para la preventa del 1 de mayo con una pregunta que solo vos, desde tu memoria, podes responder.

Dicen que en las cocinas antiguas el tiempo no corre, sino que da vueltas en círculo, como el vapor que asciende de una olla de barro puesta al rescoldo. Yo lo creo. Este año cumplo 51 inviernos y, si cierro los ojos, todavía puedo sentir en las yemas de los dedos el peso frío de aquella primera pluma con la que intenté descifrar el mundo hace un cuarto de siglo. Hay una mística extraña en la permanencia; una forma de entender que nada se pierde, solo se transforma bajo el calor adecuado.

Hace exactamente 25 años, cuando promediaba mis 26 y el mundo parecía un mapa por incendiar, comencé una persecución silenciosa: la de encontrar mi propia voz como periodista. En aquel entonces, mi brújula era tanto Gabriel García Márquez como Rodolfo Walsh, con sus contradicciones y diferencias. Los imaginaba en la penumbra, inclinados sobre la máquina de escribir entre el humo denso de los cigarrillos, buscando esa palabra precisa que, una vez lanzada al papel, fuera capaz de cambiar el destino de una historia o el pulso de un lector. Yo buscaba ese rigor, esa ética del testimonio que no admite el adjetivo fácil, esa forma de decir que se siente como un tajo: honesta, necesaria, definitiva.

Lo que nunca imaginé —mientras tachaba párrafos y perseguía historias para mis crónicas— es que la voz que tanto buscaba en las redacciones terminaría apareciendo, con una claridad casi sobrenatural, en el crepitar de una leña de quebracho y en la resistencia de una cebolla que se entrega al filo del cuchillo.

Como cocinero y escritor, pasé los últimos meses sumergido en lo que pensaba que sería una simple tarea de carpintería editorial: una reedición de mi libro Taller de Cocina. Pero ocurrió el milagro de la transformación, ese realismo mágico que sucede cuando uno se atreve a mirar los cimientos. Al releer aquellas páginas de 2021 con los ojos de quien ha caminado 25 años entre redacciones y hornallas, el texto empezó a mutar frente a mí. Las recetas, antes estáticas, se convirtieron en memorias vivas; los cortes de cuchillo dejaron de ser geometría para volverse actos de resistencia cultural.

Entendí, con la contundencia de un golpe de maza, que ya no soy ese compilador que buscaba ordenar el saber ajeno. Hoy soy un hombre de casi 51 años que sabe que un sofrito hecho a conciencia puede ser un poema más potente que cualquier editorial, y que el orden físico de una cocina es, en realidad, el mapa exacto del orden del pensamiento.

Aquel manual técnico ha muerto. Tuvo que arder para dar paso a un hijo nuevo, uno que tiene el peso de la experiencia y el vuelo de la narrativa que siempre quise escribir.

“El Oficio de Cocinar” no es un libro para aprender a repetir, sino para aprender a ser. Es el lugar donde el rigor del cronista se abraza con la intuición del fuego. Ya no es solo técnica; es la crónica de un aprendizaje vital. Es el libro que, por fin, suena exactamente como mi propia voz cuando el silencio de la cocina me permite, por fin, hablar conmigo mismo sin máscaras.

Este nuevo camino tiene una fecha marcada en el calendario de los que creemos en el esfuerzo: la preventa oficial por Editorial Agua la Boca abrirá este 1 de mayo. Elegí el Día de los Trabajadores porque quiero honrar este oficio que nos cansa el cuerpo pero nos libera el alma, convirtiéndonos en dueños de nuestro propio territorio.

Pero antes de que el fuego se apague y el domingo siga su curso, quiero que hablemos de verdad:

Si pudieras rescatar un solo aroma de tu infancia para que se convierta en una página de este libro, ¿cuál sería? ¿A qué olía la cocina de tu casa cuando el mundo todavía era un lugar seguro? Respondé a este correo y contame.

Te leo con la misma atención y respeto con el que se lee una crónica urgente que llega desde el corazón del territorio.

Buena cocina y mejor domingo para todos,

Lolo.