Brecha digital, cuando se tocan lo urgente y lo importante


Por Jerónimo Guerrero Iraola

El futuro llegó hace rato. Imaginemos que viajamos en un cohete a 100 mil kilómetros por hora. Miramos por la ventana. No percibimos la velocidad. No hay mojones, ni referencias. Lo mismo sucede con el desarrollo de la cuarta revolución industrial. Los cambios, o deberíamos decir saltos, son tan abruptos que nunca llegamos a acomodarnos del todo en la silla.

Hacemos todo, o casi todo, mediados por pantallas. El espejo negro, metáfora que inspiró la serie distópica (NdR: Black Mirror), recibe y devuelve dimensiones que hacen a nuestra existencia. Identidad, amor, estudio, trabajo, entrenamiento, relaciones sociales, proyectos, emprendimientos, consumos culturales. Todo empieza, se traslada o termina en un dispositivo digital.

La pandemia, que desde hace un año asedia al mundo, vino a acelerar el cohete. La migración a los entornos digitales, que venía siendo compulsiva, se volvió imperativa. No hay bancos, no hay escuelas abiertas, y la oficina se mudó a casa. Incluso, en aquellos casos en que fue necesario gestar políticas públicas de inclusión, las operaciones se generaron, en gran medida, a instancias de páginas Web. ¿Y entonces? ¿Estamos listos y listas?

El acceso a tecnología supone grandes desafíos en términos de promoción y protección de los derechos humanos. Si coincidimos en que se impuso un modelo de ciudadanía digital, no debemos perder de vista los dolores que persisten, que son las libertades que faltan. En primer término, el factor socialización digital. En concreto, la famosa curva de aprendizaje. Si los cambios se generan a velocidad meteórica, y ello no viene acompañado de acciones que tiendan a que las personas aprendan a ser, estar y hacer en los ecosistemas digitales, tenemos que asumir que estaremos dejando afuera a cientos de miles.

Mi abuelo, de 87 años, construyó su primera radio a válvulas. Hoy, Spotify, ofrece música por streaming a la carta, podcasts, y una serie de lógicas de consumo que además han signado nuestras propias configuraciones culturales. Ya no escuchamos, al decir de Néstor García Canclini, la obra completa. El LP. Ahora vivimos en el mundo de la descolección. Como he dicho, ello supone que estas lógicas de relación/interacción/consumo sean accesibles para todos y todas. A lo que debemos sumar, necesariamente, el hecho de que, en el preciso momento en que nos acomodamos a un dispositivo, la tecnología, seguramente, haya cambiado.

Además, hay unas variables de orden económico: el acceso a dispositivos. No es lo mismo un hardware con unas prestaciones supersónicas, que un dispositivo de gama baja o media-baja. Hablamos de rendimiento y capacidad de procesar información. Si queremos desplegar aplicaciones, plataformas y/o entornos, debemos tener en cuenta esta variable. De lo contrario, el gap de acceso estará en las variables de siempre: la matriz socio-económica.

Por último, están las variables de corte infraestructural (que juegan en tándem, como la gloriosa delantera Palermo-Guillermo) con las anteriores dimensiones.  ¿Cuántas conexiones de Internet por banda ancha tenemos, por ejemplo, en Provincia de Buenos Aires? Según datos de ENACOM, para el segundo trimestre de 2020, 3.772.480. Es decir, si contemplamos que la Provincia cuenta con una población estimada de 16.66 millones de habitantes, hablamos de un porcentaje de acceso de alrededor de 22%. Todavía queda mucho por hacer en ese rubro. Así, acciones como el “Plan Conectar”, iniciativa que prevé universalizar el acceso a los servicios TIC y a las conexiones de banda ancha de última generación, son indispensables.

Durante el anuncio, se proyectó una inversión estimada de $37.900 millones. Sin infraestructura, será imposible pensar en acortar las brechas. A su vez, la cuarentena tendió a agrandar la brecha en materia de desigualdad tecnológica. Lo vivimos este cuatrimestre que tocó dar clases en las universidades: desde diferencias en conexión, pasando por profesoras/es que dieron sus clases desde el celular, hasta alumnos que no podían seguir el ritmo de cursadas por no tener computadoras.

Ahora bien, a nivel local también se llevaron adelante diferentes acciones invisibilizadas por los grandes medios. Como de costumbre, la Universidad Nacional de La Plata, picó en punta y, desde la Facultad de Ingeniería, firmó junto la Cámara de Cooperativas de Telecomunicaciones (CATEL), un convenio que beneficia a más de 500 familias. En pocas palabras, la UNLP formará parte del “Programa para el Desarrollo de Infraestructura para Internet destinado a Villas y Asentamientos Inscriptos en el Registro Nacional de Barrios Populares en Proceso de Integración Urbana (RENABAP)” que se propone trabajar en soluciones de fondo para llevar conectividad a los barrios vulnerables (uno de los principales problemas planteados en: Los barrios populares y la pandemia).

Por si fuera poco, en el marco del programa de becas “Tu PC para Estudiar” van a llegar a fin de año con más de 1.000 notebooks y tablets entregadas a sus estudiantes. En esta sintonía también están trabajando diferentes gobiernos municipales como los conducidos por Mario Secco y Mariel Fernández.

En el caso de Ensenada, llevan adelante el programa “Juana Manso”, por el que hacen entregan de dispositivos tecnológicos a estudiantes secundarios. Una propuesta similar se lleva adelante en Moreno. Ya completó la distribución de 3118 dispositivos a las y los estudiantes de cuarto año de secundaria de 50 escuelas públicas del distrito.

Pensar estas dimensiones nos deben llevar a asumir que lo urgente y lo importante se tocan. El acceso a conectividad, tecnología y aprendizaje son los tres pilares que deben llevarnos a pensar en un pleno ejercicio de la ciudadanía digital.