Cocinar también es una forma de decir
Por Lolo Vlem
Hola, los miércoles tienen esa rara virtud de no pedir definiciones tajantes. Ya no es lunes, todavía no es viernes. Es un buen día para mirar lo que hacemos casi sin pensar y descubrir que, en realidad, está lleno de sentido.
Durante años nos dijeron que la política estaba en otro lado. En los discursos, en los recintos, en las grandes palabras. Mientras tanto, la cocina quedaba relegada a un rincón doméstico, silencioso, casi invisible. Como si ahí no pasara nada importante.
Pero basta con quedarse un rato más en una cocina para darse cuenta de lo contrario.
Cada vez que alguien cocina, elige.
Elige qué comprar.
A quién comprarle.
Cuánto tiempo dedicarle.
Para quién cocinar.
Y elegir nunca es inocente, aunque no se lo proponga.
La cultura no vive solo en los libros ni en los museos. Vive en las cocinas, en los mercados de barrio, en las mesas donde alguien estira un guiso para que alcance. Vive en recetas que no tienen autor, en saberes que no cotizan, en gestos que se repiten sin aplauso. Eso también es patrimonio, aunque no tenga vitrina.
Cuando cocinamos, no solo alimentamos cuerpos. Ordenamos el tiempo, construimos vínculos, decidimos qué vale la pena cuidar. La cocina educa sin levantar la voz. Transmite valores sin bajarlos a consignas. Por eso resulta tan incómoda: porque dice mucho sin pedir permiso.
Cocinar es un acto político se mueve ahí. No señala con el dedo ni se para en un atril. Hace preguntas mientras pela una cebolla. Usa el humor y la ironía para correr solemnidades. Se mete en la cocina como quien se sienta a la mesa y escucha.
No es un libro para especialistas ni para convencidos. Es un libro para quienes cocinan, comen, compran, eligen. Para quienes alguna vez sintieron que la comida era algo más que una rutina, pero no terminaban de ponerle palabras. Para quienes sospechan que el plato dice más de lo que parece.
Es un libro para tener cerca. Para abrir y cerrar. Para leer de a ratos. Para prestar. Para discutir. Un libro que no busca dar respuestas cerradas, sino incomodar lo justo como para que algo se mueva.
Durante febrero voy a estar compartiéndolo especialmente, porque sigo creyendo que pensar la cocina es una forma concreta de pensar el mundo. Sin épica. Sin slogans. Con los pies en la cocina y la cabeza despierta.
Si esta mirada te hace sentido, Cocinar es un acto político no es un libro más.
Es de esos libros que conviene tener a mano, porque vuelven a decir cosas distintas cada vez que se los abre.
Gracias por leer.
Seguimos conversando, con el plato servido y las preguntas abiertas.