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¿Cuándo dejamos de cocinar juntos? Quizás cocinar nunca fue una tarea para hacer en soledad

Por Lolo Vlem

Hola,

Hay una escena que se repite en muchas de nuestras memorias familiares. Una mesa todavía sin platos servidos y varias personas alrededor haciendo cosas distintas. Alguien pela papas. Otro corta algo bastante peor de lo que debería. Una mano entra en una fuente para probar y recibe un reto. Hay quien pregunta qué falta, quien estorba más de lo que ayuda y quien asegura que esa no es la manera en que lo hacía la abuela. La comida todavía no está lista, pero algo ya empezó. Y no es solamente el almuerzo.

La semana pasada te escribí sobre las cocinas de Coca y Elba, mis abuelas, y después me quedé pensando en esto. Muchos de los recuerdos que guardamos alrededor de la comida no sucedieron cuando todos estábamos finalmente sentados a la mesa. Ocurrieron antes. Mientras alguien amasaba, mientras se esperaba que hirviera el agua, mientras una cebolla empezaba a transparentarse en una olla. Quizás durante mucho tiempo entendimos que cocinar y comer formaban parte de una misma ceremonia y en algún momento comenzamos a separarlas: alguien cocina; los demás llegan cuando todo está listo.

No quiero idealizar aquellas cocinas. También hubo allí mucho trabajo invisible. Durante generaciones, cocinar juntos significó demasiadas veces que una mujer cocinaba mientras los demás esperaban. Abuelas y madres capaces de producir almuerzos enormes y sentarse a la mesa cuando todos ya habían empezado. Recuperar la cocina compartida no puede significar recuperar eso. Quizás se trate exactamente de lo contrario: de preguntarnos qué sucedería si la cocina dejara de pertenecerle a una persona y volviera a pertenecernos a todos.

Porque cuando repartimos la cocina no repartimos solamente el trabajo. Repartimos también el conocimiento. Alguien aprende a sostener un cuchillo. Otro descubre cómo saber si una papa está cocida sin mirar un reloj. Un chico hunde las manos en una masa y empieza a comprender cosas que todavía no sabe explicar. Alguien pregunta por qué ponemos ese ingrediente y entonces aparece una historia que llevaba treinta años esperando esa pregunta. Las cocinas tienen esas pequeñas formas de magia: uno entra buscando un repasador y puede salir con una historia de su bisabuela.

Tal vez por eso me preocupa que hayamos convertido cocinar en algo que hay que resolver. Cocinar rápido. Cocinar fácil. Cocinar para toda la semana. Cocinar sin ensuciar. No hay nada malo en ninguna de esas cosas; la vida contemporánea necesita soluciones. Pero cuando toda nuestra relación con la cocina queda reducida a resolver la próxima comida, algo se pierde por el camino. Porque cocinar no produce solamente comida. Produce conversaciones, habilidades, recuerdos, autonomía. Produce esa clase de conocimiento que rara vez sabemos que estamos transmitiendo mientras lo transmitimos.

Una receta puede sobrevivir escrita durante cien años. Pero hay cosas que solo sobreviven si alguien las hace delante de otro. La presión exacta de los dedos sobre una masa. El sonido que hace una fritura cuando está lista. Esa cantidad que una abuela llamaba “un poquito” y que ninguna balanza del mundo conseguiría pesar correctamente. Son conocimientos que parecen insignificantes hasta que un día descubrimos que nadie más los recuerda. Entonces una comida desaparece. Y con ella se apaga una pequeña habitación de nuestra historia.

Quizás cocinar juntos sea una manera de impedir algunos de esos olvidos.

No hace falta organizar una ceremonia ni recuperar un pasado que ya no existe. Puede empezar cualquier martes, con una comida cualquiera. Con alguien que se acerca a la cocina y pregunta cuánto falta. Estamos tan acostumbrados a responder “ya está” o “falta poco” que quizá olvidamos que existe otra respuesta.

—Vení.

—Ayudame.

Y entonces alguien acerca una silla, toma un cuchillo, rompe un huevo o mete las manos donde no debería. Seguramente ensuciemos más. Probablemente tardemos un poco más. Tal vez algo no salga perfecto.

Pero la comida habrá empezado mucho antes de llegar a la mesa.

Y quién sabe.

Dentro de treinta años alguien puede estar cocinando en una casa que nosotros nunca conoceremos y, sin entender demasiado por qué, mover la cuchara exactamente como nos vio hacerlo aquella tarde.

Las cocinas también saben viajar en el tiempo.

Que tengas una hermosa semana.

Nos seguimos escribiendo.