Está bien sentirse mal

Por Tatiana Miculán

Diagonalizar la salud mental

Con el 2020 llegó la pandemia y una implosión de sensaciones y emociones, algunas anteriormente acarreadas, pero que con el aislamiento salieron a la luz. La incertidumbre, el miedo, la tristeza, la ansiedad y la depresión fueron moneda corriente; pero es necesario frenar para repensar estos conceptos y los discursos que circulan en torno a ellos.

Estuvimos aislados, pero más conectados que nunca, y así fuimos advirtiendo en las redes sociales un incremento de discursos de la mano de algunos influencers como “guías espirituales” que promueven una actitud positiva en la vida como solución a todos los problemas, como si se tratara de una receta o poción mágica, discursos que rozan la positividad tóxica y promocionan el soltar los problemas o las emociones negativas.

«Vivimos en una sociedad donde es un disvalor no “sentirse bien”. Se ve con muy malos ojos a quienes verbalizan malestares, incomodidades, tristezas, preocupaciones, miedos, enojos… se cataloga a estos sentimientos y afectos como “negativos” y rápidamente se los señala como patológicos», afirman desde la Red de Psicologxs Feministas de La Plata. (RPF-LP).

El mandato cultural de la felicidad es algo que, en algunos casos, puede tornarse peligroso y aferrarse a los discursos que circulan en las redes sociales también, sobre todo,  de aquellos “influencers” que sin formación profesional nos hablan de su alimentación, actividad física y también de su manera de llevar las emociones como el único camino a seguir para alcanzar un bienestar personal,  como si todos los cuerpos fueran iguales, como si a todas las personas nos afectara e interpelara emocionalmente de la misma manera los sucesos de la vida.

Por eso, es necesario frenar y repensar la idea de “soluciones universales” a los malestares que conciernen a la salud mental y que hoy en día circulan socialmente y en mayor medida en las redes sociales.

«Existen tratamientos terapéuticos admitidos como saberes sistematizados y los que se denominan terapias alternativas, o incluso prácticas del orden de lo espiritual, que pueden llevar alivio a los malestares o padecimientos. Lo importante es entender los alcances de cada cosa, de qué se trata cada abordaje concretamente —obtener información clara y fehaciente de lo que se ofrece y para qué— para poder decidir qué es lo que necesitamos. También es fundamental aclarar que las terapias alternativas o las prácticas espirituales nunca reemplazan los tratamientos de la medicina o la psicología», aseguran desde la RPF-LP.

Ansiedad y depresión: aclarando el panorama

Padecer o que un cercano padezca COVID-19, el miedo al contagio, la incertidumbre económica, laboral y académica, el futuro incierto, el aislamiento, la soledad, la imposibilidad de ver a seres queridos y amistades, entre tantos otros sucesos, afectaron de distintas maneras a la sociedad y, a pesar de que ahora dejamos atrás el aislamiento para comenzar la fase del distanciamiento, la pandemia sigue y con ella también las consecuencias en cuanto a la salud mental respecta.

Ya un estudio de investigadores y becarios del Instituto de Psicología Básica, Aplicada y Tecnología (Ipsibat) advertía a los incipientes 50 días de aislamiento que el impacto emocional de las personas a partir de la pandemia era cada vez mayor: “La depresión, la ansiedad y el afecto negativo aumentaron de forma significativa y con mayor magnitud”.

Fuimos muchos los que sentimos la ansiedad generada por la incertidumbre o depresión por lo que la situación acarreó. Pero es necesario frenar para repensar estos conceptos, y desde la Red de Psicologxs Feministas de La Plata nos ayudan a hacerlo.

La ansiedad es una respuesta relacionada con situaciones posibles/probables que nuestra imaginación y pensamiento anticipan y nunca vamos a poder estar abstenidos por completo de ella, ya que aparece inevitablemente ante situaciones nuevas o desconocidas y es lo que nos permite también tener más herramientas o recursos para resolver aquello que está por venir.

Pero entonces, ¿cuándo es necesario recurrir a una o un profesional de la salud mental?

«Si la ansiedad no consigue “agarrarse” a alguna cuestión concreta y comienza a invadirlo todo. Si está “enganchada” de algo, pero no disminuye, o aparece incluso en situaciones donde lo que nos genera ansiedad aún no ocurrió. Cuando la ansiedad nos inhibe la acción o el pensamiento. Es decir, cuando es algo que nos toma en gran parte y nos dificulta que podamos seguir adelante con nuestras vidas», informan desde la RPF-LP.
 

¿Y en cuanto a la depresión?

La depresión es un cuadro clínico que en ocasiones se lo confunde con sensaciones o sentimientos más o menos prolongados de tristeza. Desde la Red advierten que: «estar triste no es estar deprimide; ni siquiera estar muy triste es estar deprimide. A veces la vida se vuelve muy difícil, nos pasan cosas terribles y nos lleva un tiempo —y este tiempo es lógico, no cronológico— elaborar esas cosas y poder acomodarlas a lo que después podemos decir sobre lo que nos pasó; por eso tampoco es un indicador tan relevante la cantidad de tiempo que se está triste, esto siempre es en relación a otros indicadores, y por eso es muy importante dejar en manos de les especialistas definir si se trata de una depresión o no».

Por eso, no se puede hablar de soluciones mágicas o universales a lo que la salud mental atañe y alejarse de las emociones negativas sin habitarlas como promueven los “influencers espirituales” puede resultar peligroso. Dependerá también de las subjetividades de cada uno cómo la pandemia los afecte y desde la RPF-LP sostienen la indicación de que solo un tratamiento psicoterapéutico podrá garantizar una debida evaluación y acompañamiento del proceso de cada quien en su singularidad evitando así caer en generalidades o indicaciones «entendiendo la singularidad de cada cuerpx, de cada situación, de cada existencia».