Hay amistades que funcionan como una receta, la permanencia como virtud
Por Lolo Vlem
Hay amistades que funcionan como una receta.
Uno las sigue. Las repite. Las recuerda.
Y hay otras que funcionan como el fuego.
No hace falta mirarlo todo el tiempo para saber que está ahí.
La incondicionalidad de Marcela, Juan, Daniel y Eugenia se parece más a eso.
A permanecer.
Porque hay gente que acompaña mandando un mensaje cuando todo se derrumba. Otros aparecen con una llamada, con una palabra justa o compartiendo una mesa cuando la vida se pone áspera. Y todo eso vale muchísimo. Pero después está esa otra forma de amistad, más silenciosa y más difícil de encontrar.
La de quedarse.
La de sostener presencia incluso cuando no hay nada extraordinario pasando.
Como esas ollas que quedan al mínimo durante horas, apenas haciendo ruido, pero sosteniendo el calor necesario para que algo siga vivo.
Con el tiempo entendí que la cocina también enseña eso. Que lo importante no siempre es el instante espectacular del plato llegando a la mesa. A veces lo verdaderamente importante es quién sigue ahí cuando la cocina se vacía, cuando las sillas quedan desordenadas, cuando ya nadie aplaude ni celebra nada.
Permanecer es un acto extraño en esta época.
Porque el mundo se volvió rápido para irse.
Pero ellos tienen esa forma antigua y hermosa de estar.
Como el pan sobre la mesa antes de que llegue la comida.
Como el olor a café que sigue en la casa aunque la charla ya terminó.
Como esas cocinas donde uno sabe que siempre puede volver.
Y quizás por eso emociona tanto.
Porque hay personas que, sin darse cuenta, terminan convirtiéndose en hogar.