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León XIV en la huella de Francisco

Por Mario Bertellotti

Desde el inicio de su papado, León XIV recoge una tradición de la Iglesia que atraviesa más de un siglo, desde que León XIII, a fines del Siglo XIX, presentara su encíclica Rerum Novarum. La nueva carta pastoral, Magnifica Humanitas, propone que la inteligencia artificial (IA) esté al servicio de la dignidad humana y del bien común. Porque el desafío no es detener el progreso, sino gobernarlo.

La continuidad del pensamiento y la acción de León XIV con la obra de Francisco adquiere una dimensión pastoral y social. Siempre es el encuentro con los hombres y mujeres que reconocen una tradición fundada en la defensa de la dignidad humana, la opción por los pobres, el trabajo digno, la justicia social y la construcción pacífica de una Casa Común. Una sociedad atravesada por luchas, esperanzas y desencuentros, pero también por una persistente voluntad de construir una sociedad en la que el progreso alcance a todos.

El cardenal agustino, norteamericano-peruano, Robert Prevost eligió llamarse León XIV y con ese nombre señaló también un rumbo. Su referencia es León XIII, quien en 1891 publicó Rerum Novarum, la encíclica que llevó al centro de la reflexión de la Iglesia la “cuestión social” y las condiciones de los trabajadores frente a la transformación producida por la sociedad industrial.

Ese pensamiento fue desarrollado por Pío XI en Quadragesimo Anno, publicada cuarenta años después de Rerum Novarum, cuando volvió a plantearse la necesidad de reconstruir un orden fundado en la dignidad humana y el bien común. Con el tiempo, esa tradición consolidó una Doctrina Social asentada en principios que atravesaron generaciones: solidaridad, subsidiariedad, justicia social y dignidad de la persona.

León XIV frente a la IA

León XIV recoge ese legado y lo proyecta sobre un horizonte que no podía imaginar: la revolución de la inteligencia artificial.

No se trata de una ruptura con la tradición iniciada por Rerum Novarum, sino de su actualización ante un cambio de época. Así como la Iglesia acompañó los desafíos planteados por la cuestión obrera, León XIV propone ahora una reflexión ética acerca de las tecnologías que comienzan a redefinir el trabajo, la economía y las relaciones humanas.

En su primera encíclica, Magnifica Humanitas, firmada el 15 de mayo de 2026, precisamente en el 135.º aniversario de Rerum Novarum, plantea la defensa de la persona humana frente a las posibilidades y los riesgos que abre la era digital.

Magnifica Humanitas retoma los principios de la Doctrina Social y les suma los desafíos de la responsabilidad, la transparencia y la gobernanza de la IA, situando una vez más la dignidad del trabajo en el centro de su doctrina.

No se trata de detener el progreso. Se trata de gobernarlo. De impedir que aquello que fue creado para servir a las personas termine gobernando sus vidas. De evitar que los beneficios de una revolución extraordinaria se concentren en pocas manos mientras sus costos recaen sobre millones. Y de recordar que ninguna tecnología será verdaderamente progreso si deja atrás al ser humano.

Allí se encuentran León XIII, Francisco y León XIV. Tres tiempos históricos. Tres mundos diferentes. Desde las chimeneas de la primera revolución industrial hasta la silenciosa potencia de los algoritmos, cambia la forma del poder, pero permanece el desafío. Que las creaciones de la ciencia estén al servicio del avance de la sociedad.

De Francisco de Asís a Francisco

Al asumir Jorge Bergoglio eligió un nombre que expresaba un programa. Al convertirse en Francisco recuperó la figura de San Francisco de Asís y, con ella, el llamado a una Iglesia austera, cercana a los pobres y reconciliada con la naturaleza. Esa inspiración aparece con toda su fuerza en Laudato si’, cuando evoca el cántico de San Francisco y convierte el cuidado de la Casa Común en una responsabilidad de toda la humanidad.

Durante su pontificado, Francisco publicó cuatro encíclicas: Lumen fidei, Laudato si’, Fratelli tutti y Dilexit nos. En ellas fue construyendo una mirada cristiana sobre los grandes desafíos de nuestro tiempo: la fe, el cuidado del planeta, la fraternidad entre los pueblos y la primacía del amor frente a una cultura marcada demasiadas veces por la indiferencia y la exclusión.

Su propuesta fue la de una Iglesia capaz de salir al encuentro de los pueblos y, especialmente, de quienes habían quedado en los márgenes. Una Iglesia que vinculara, en la era digital, la cuestión social con la ambiental y que propusiera una convivencia mundial fundada no en la imposición de los poderosos, sino en el diálogo entre pueblos, culturas y civilizaciones. Una Casa Común suficientemente grande para que nadie tuviera que quedar afuera.

Esas ideas encuentran eco en la historia argentina. El país se incorporó temprano a la doctrina de la integración, el equilibrio entre el capital y el trabajo y la justicia social. Esos principios atravesaron generaciones: la presencia del Estado, la soberanía, el bien común y el derecho de cada familia a imaginar que sus hijos podrían vivir mejor.

En esa Argentina creció Jorge Bergoglio. Primero como hijo de una familia de trabajadores y después como sacerdote jesuita. Conoció sus tiempos de progreso y sus retrocesos, sus enfrentamientos, sus crisis y sus esperanzas.

León XIV vuelve a preguntarse qué significa producir, trabajar, crecer y distribuir. Qué debe hacer el Estado y qué debe hacer el mercado. Cuánto pertenece al individuo y cuánto le debemos a la comunidad.

El Papa ya ha sido claro frente a la concepción que deposita en el libre mercado la capacidad de ordenar la sociedad. Pero la libertad corre el riesgo de convertirse en privilegio y crece la distancia entre quienes más tienen y quienes apenas sobreviven.

Y lo hace en momentos en que la inteligencia artificial abre una frontera desconocida, capaz de transformar no solamente la economía y el trabajo, sino también la propia relación del ser humano con el conocimiento y con sus creaciones.

Porque cada época tiene su revolución y cada revolución vuelve a poner a la humanidad ante una elección. Ayer fueron las fábricas, las máquinas y las grandes concentraciones industriales. Hoy son los datos, los algoritmos y la inteligencia artificial.

Las máquinas cambian. Los poderes cambian. Las revoluciones cambian. Pero permanece intacta una pregunta que atraviesa los siglos: quién gobierna el progreso y al servicio de quién se lo pone.