Suicidio juvenil: una tragedia en ascenso
Por Virginia Fermanelli
Hay una muerte silenciosa que hoy triplica ampliamente a los homicidios en la Argentina: el suicidio. En 2025, la tasa alcanzó los 11,8 casos cada 100.000 habitantes, más de tres veces que la registrada para los homicidios dolosos. Entre 2017 y 2025, el indicador creció un 43,9%. Una tendencia que afecta especialmente a los jóvenes de entre 18 y 29 años y que yace puertas adentro, lejos de la atención pública.
Hay muertes que irrumpen en las pantallas, ocupan portadas, atraviesan campañas electorales, alimentan discursos políticos y consumen horas de cobertura mediática. Otras permanecen encerradas en el dolor familiar y en una intimidad atravesada por preguntas que rara vez encuentran respuestas. El suicidio sigue perteneciendo a ese territorio. Sin embargo, los datos disponibles obligan a situar este tema en el centro de la agenda pública.
Mientras los homicidios dolosos mantienen una tendencia descendente, los suicidios alcanzaron en 2025 una cifra récord: 5.209 casos. Según los registros del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC), esto representa un incremento del 22,6% respecto de 2024. En el mismo período, los homicidios dolosos cayeron un 7,1%.
La comparación no busca equiparar tragedias ni minimizar otras formas de violencia. Pero los números describen una realidad ineludible: la tasa de suicidios alcanzó los 11,8 casos cada 100.000 habitantes, mientras que la de homicidios fue de 3,6. Además, desde 2023 constituye la principal causa de muerte violenta registrada en el país.
La dimensión del fenómeno se vuelve aún más visible cuando se observa la serie histórica. Entre 2017 y 2025 la tasa creció un 43,9%, consolidando una tendencia ascendente.
María Fernanda Azcoitía, psicóloga y presidenta del Centro de Asistencia al Suicida (CAS), sostiene: “El error histórico ha sido tratar el suicidio como un hecho policial o una fatalidad privada, cuando los datos demuestran que estamos ante una crisis de salud pública y comunitaria desatendida estructuralmente”. Su reflexión resume un cambio de paradigma: el suicidio no puede ser entendido únicamente como una tragedia individual, sino como una problemática sanitaria y social.
Los jóvenes en el centro de la alarma
El informe observó además una relación significativa entre múltiples factores de fragilidad: incertidumbre económica, dificultades de inserción laboral, pérdida de horizontes de futuro y deterioro de los vínculos sociales.
Una ventana para intervenir
Hablar de suicidio implica, antes que nada, hablar de prevención.
Una entidad civil, el Sistema Argentino de Vigilancia Sanitaria, notificó 22.249 eventos vinculados a conductas suicidas entre el 1 de abril de 2023 y el 31 de octubre de 2025. De ese total, 20.928 correspondieron a intentos sin desenlace letal y 1.321 tuvieron resultado fatal.
Estos registros, por fuera de las tasas oficiales, permiten observar una dimensión muchas veces invisible del problema: el sufrimiento puede detectarse antes de transformarse en una estadística de mortalidad. Detrás de cada intento existe una oportunidad de escucha, acompañamiento e intervención por parte de la familia, la escuela y vínculos de pertenencia.
Para capitalizar esa oportunidad, el programa Vivir la Vida de la OMS sostiene que una política pública efectiva debe apoyarse en cinco pilares: vigilancia epidemiológica, capacitación de recursos humanos, cooperación multisectorial, evaluación permanente de resultados y fortalecimiento de las estrategias preventivas.
Al mismo tiempo, los especialistas advierten sobre una cuestión metodológica relevante. Las estadísticas provenientes de los registros de Seguridad y las elaboradas por el sistema sanitario utilizan criterios de clasificación diferentes. Por esa razón, las distintas series deben analizarse con cautela y requieren una progresiva armonización para mejorar la calidad de la información pública.
El marco legislativo
La Ley Nacional 27.130 de Prevención del Suicidio fue sancionada por el Congreso Nacional en marzo de 2015 con el propósito de establecer un abordaje coordinado, interdisciplinario e interinstitucional.
La norma promueve la sensibilización social, el fortalecimiento de los dispositivos asistenciales, la capacitación permanente de los recursos humanos y el acompañamiento de las personas que atravesaron intentos de suicidio, de sus familias y su entorno cercano.
En su artículo 15 establece programas de formación continua para trabajadores de la salud, la educación, la seguridad, la justicia y los contextos de encierro. Sin embargo, a más de una década de su sanción, uno de los principales desafíos sigue siendo garantizar su implementación efectiva y su financiamiento sostenido en todo el territorio nacional.
La OMS identifica cuatro líneas prioritarias de intervención: restringir el acceso a medios letales, promover una comunicación responsable por parte de los medios, fortalecer las habilidades socioemocionales de adolescentes y jóvenes, y garantizar la atención y el seguimiento de las personas afectadas por conductas suicidas o autolesivas.
Pero ninguna de estas estrategias puede sostenerse sin un sistema sanitario con capacidad para llevarlas adelante. Prevenir implica contar con dispositivos accesibles de salud mental, detectar tempranamente las situaciones de riesgo, garantizar continuidad en los tratamientos y coordinar políticas entre distintas áreas del Estado.
Una violencia que exige otra mirada
Tal vez haya llegado el momento de replantear qué entendemos cuando hablamos de seguridad.
Durante décadas, la Argentina aprendió a medir los homicidios, analizar sus causas y convertir cada variación estadística en un tema central del debate público. Esa tarea sigue siendo indispensable. Pero los números actuales obligan a incorporar otra dimensión de la violencia: la que se expresa en el sufrimiento psíquico, la desesperanza y la ruptura de los vínculos sociales.
La comparación entre homicidios y suicidios no debería transformarse en una competencia entre tragedias. Tampoco servir para relativizar ninguna de ellas. Debería ayudarnos a formular una pregunta incómoda: ¿por qué algunas formas de muerte ocupan el centro de la escena pública mientras otras permanecen invisibles?
Sacar el suicidio del silencio significa reconocer su complejidad y entender que ninguna política pública puede esperar hasta el desenlace para comenzar a actuar.
Porque el dato verdaderamente importante es que el suicidio se puede prevenir.
Y prevenir significa construir una sociedad capaz de reconocer el sufrimiento antes de que se transforme en tragedia. Significa fortalecer los dispositivos de cuidado y comprender que detrás de cada número hay una persona. Detrás de cada persona, una familia. Y detrás de cada familia, una comunidad que también necesita aprender a escuchar el sonido del silencio.
Dónde pedir ayuda
Si usted o alguien de tu entorno atraviesa una crisis emocional, tiene pensamientos suicidas o manifestó ideas de hacerse daño, es importante buscar ayuda profesional de inmediato.
Centro de Asistencia al Suicida (CAS)
Línea gratuita 135 (CABA y Gran Buenos Aires)
(011) 5275-1135
0800-345-1435 (todo el país)
Línea Nacional de Orientación y Apoyo en la Urgencia de Salud Mental: 0800-999-0091.
Provincia de Buenos Aires, Salud Mental: 0800-222-5462. Contención, orientación y derivación en salud mental.