Dejen de privatizarnos las violencias


Por Agustina Andrade | Ilustración Agustina Fimiani

Desde que empezó la cuarentena a esta parte, en nuestro país los femicidios ya superaron el centenar de casos y las violencias intrafamiliares se intensificaron. Muchas mujeres que por parte de sus parejas sufren violencia tanto física como verbal, económica o simbólica se encuentran en la pesadilla de estar obligadas a estar encerradas con ellos. Son miles las que han podido comunicarse a la Línea 144, pero está claro que no son todas las que se animan o las que llegan a hacerlo.

Para quienes no saben, la Línea 144 es una línea de asistencia que funciona las 24hs los 365 días del año para los casos de violencia de género. Surge como política pública en respuesta a un contexto de desigualdades y violencias recrudecidas hacia las mujeres y las disidencias, y materializa una decisión de evidenciar y combatir la violencia machista, generando contención y acompañamiento a las personas que lo viven. Además, el hecho de que esta línea hoy dependa del primer Ministerio de Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual habla de que la demanda del movimiento feminista tuvo una respuesta por parte del gobierno y es que las políticas de género sean transversales al Estado, reconocidas como una problemática pública.

El promedio mensual es de unas 5.000 llamadas. Hoy, en contexto de pandemia y a casi siete meses de cuarentena obligatoria, las llamadas en el país han aumentado casi un 30%, haciendo que se tengan que profundizar las medidas de protección para todas aquellas mujeres que están en aislamiento con la persona que las violenta, y se han abierto más canales de comunicación como mails, mensajes de texto y WhatsApp. Otra medida que se tomó tras la ordenanza del barbijo obligatorio para circular, fue el lanzamiento de la campaña Barbijo Rojo: “Si estás pasando por una situación de violencias por motivos de género, podés acercarte o llamar a la farmacia más cercana a tu casa y pedir un barbijo rojo. Te van a ayudar a ponerte en contacto con la Línea 144.”

Según datos oficiales del Ministerio, el 98% de las personas que se comunican con la Línea son mujeres, y el 91% de las personas que ejercieron la agresión son varones. Esto no es casual, y deja en evidencia no ser casos aislados. Responde a una lógica del patriarcado donde el hombre se posiciona como superior a la mujer y la toma como un objeto que debe poseer y dominar. 

El antropólogo Manuel Delgado Ruiz expresa que “la dominación no es a través de la violencia, sino que es a través del consentimiento que les hace cooperar en la reproducción. El consentimiento es la parte del poder que los dominados agregan al poder que los dominadores ejercen sobre ellos.” Esto se enmarca en la idea de las violencias como parte de una estructura de poder patriarcal, donde las mujeres son criadas y educadas para obedecer y depender de un hombre en todos los ámbitos que transita. Sin ser siempre expresamente violencia física, desde las prácticas naturalizadas en la infancia donde se marcan los roles y la performatividad de los géneros; las desigualdades laborales en cuanto a oportunidades, jerarquías y salarios; etc.

Cuando Delgado dice que es el consentimiento del dominado el que permite dominar al dominante, no quiere decir que el dominado está en situación de dominación por deseo propio o por falta de resistencia, sino que es una lógica que todos y todas hemos mamado desde nuestros primeros años de vida, y salirse de ella es un proceso de deconstrucción que implica y que ya lleva décadas de lucha.

Tratar las violencias domésticas desde políticas públicas significa dejar de relegar a lo privado un problema que es público. Como dije anteriormente, que no sean casos aislados significa que hay un patrón que reproduce y naturaliza estas lógicas, y dejarlo en el oscuro silencio de los “problemas familiares” o “problemas de pareja”, significa mirar para otro lado ante una de las mayores injusticias de la sociedad.

Históricamente, las mujeres hemos sido prisioneras del ámbito privado de nuestros hogares. La sociedad nos ha negado derechos y les ha dado privilegios a los hombres en todos los aspectos. Nuestros proyectos siempre han estado empapados por mandatos que nos dicen cómo y qué ser, y nuestra realización como mujeres significaba ser madres y esposas. Ese papel les queda cómodo a los hombres que siempre han manejado el mundo a su antojo, un mundo hecho por y para ellos. Un paso de su mecanismo de funcionamiento siempre ha sido enemistarnos entre nosotras, haciéndonos ver a la otra como la competencia. A eso, nosotras estamos aprendiendo a responder con sororidad.

Dentro del movimiento feminista se usan mucho los conceptos de “tejer redes” para referirse al sostén entre mujeres e identidades para hacer resistencia a la violencia de género. Lo que puede parecer una consigna que descansa en el cartel de una movilización o un cántico militante es, en realidad, también un mecanismo de resistencia profundamente solidario entre mujeres para cuidar unas a otras. Trabajar de manera colectiva para modificar situaciones individuales. Quitar del espacio privado las problemáticas que deben ser tratadas por lo público, desde políticas del Estado.

Es así que históricamente se trasladó a la esfera de lo privado todo aquello que se consideraba que corrompía los tratados y postulaciones que daban paz a la heterogeneidad de la sociedad y el status quo. Lo privado como sinónimo de lo oculto, de lo secreto, de aquello en lo que no se debía interferir. Y con el tiempo, con la profundización de las violencias ejercidas para con las mujeres y disidencias, lo privado fue la excusa y el espacio en el que sus reclamos quedaban encerrados, no olvidado ni negados, sino apartados del espacio público, de lo visible. La filósofa Nora Rabotnikof en “Pública-Privado” lo expresa de manera muy clara.